La mansión 414 (capítulo 4) FINAL

Cada centímetro de mi cuerpo se engarrotó cual bóveda de piedra mientras mi interior chillaba de terror. Parecía que la taquicardia me mataría en cualquier momento. Al mismo tiempo quería correr a abrazar a Raquel porque ella sí pudo gritar tanto o más de lo que yo estaba gritando por dentro. Sentí cómo el oxígeno se iba y me sentía como si hubiera descendido decenas de metros bajo el agua. Mis manos no respondían, mis piernas menos. Lo único que pude hacer fue llorar. No era un llanto, más bien solo fueron un par de lágrimas silenciosas que lograron escapar de aquella prisión de piedra. Es asombroso todas las sensaciones de las que te percatas en tan pocos segundos.

Ambos nos volteamos a ver, nos tomamos de la mano y nos dispusimos a salir corriendo de ahí. No quería ir por donde había subido aquel ente, pero no había otra salida. En el fondo pensé algo estúpido: con nuestra velocidad y peso podríamos tumbar a lo que sea que haya salido corriendo por las escaleras. Era tonto, lo sé, pero ese pensamiento me permitió correr. O al menos intentarlo porque justo antes de llegar al primer escalón resbalé y caí de espaldas, llevándome a Raquel al suelo también. Pierdes valiosos segundos y quedaste en una posición sumamente vulnerable, pensé. Moriremos por este error. Aunque, claro que no fue así.

─¡Es sangre!─ gritó Raquel.

─¿Qué?

Resultó que eso era lo que me había hecho resbalar. Eso era aquel olor que no habíamos distinguido al llegar. Era sangre y estaba relativamente fresca. No soy doctor pero he visto sangre seca y eso parecía haber sido muy reciente. Un par de días cuando mucho. había rastros de sangre por todos lados. No sé por qué no los había notado antes.

¡¿Qué diablos es este lugar?!

─Mira ─susurró Raquel con una voz apagada.

Eran unas pequeñas huellas negras en la escalera, como si un niño con los pies muy sucios hubiese sido quien subió por ahí.

─No estaban cuando bajamos, ¿verdad? ─pregunté.

─No, que yo recuerde.

─Vamos de aquí ya ─dije, levantándome como resorte y tendiéndole una mano a Raquel.

Ella tenía la cara de que quería decir “Te lo dije”, pero no era el momento, así que no dijo nada;  se limitó a asentir y correr conmigo.

Salimos de la casa inmediatamente sin detenernos a mirar para ningun otro lado. Casi tropiezo de nuevo al salir por la puerta principal. La cámara me golpeaba el pecho con fuerza pero eso no importaba. Solo quería salir de ahí.

Sorprendentemente, salimos con mucha más facilidad de la que entramos. Trepamos nuevamente los barrotes como unos micos y saltamos hacia afuera sin ninguna dificultad. Parece que la adrenalida sí que hace maravillas en estas situaciones. Hasta había olvidado que Raquel casi se ensartaba en uno de los pinchos cuando llegamos.

Subimos al carro y arranqué de inmediato. Pensé que hubiera sido buena idea haber alquilado una habitación antes de venir acá porque así tendríamos a dónde ir para refugiarnos porque en esos momentos no tenía nada de ganas de quedarme afuera en la noche, pero no había tiempo y ya avanzabamos en dirección contraria al pueblo por la misma carretera que usamos para llegar.

Puse mi mano sobre la pierna de Raquel y la acaricié suavemente para tranquilizarla un poco. Ella tomó mi mano y la apretó muy fuerte.

Estuvimos callados durante no sé cuánto tiempo, agarrados de la mano, hasta que llegamos a un cruce y debía disminuir la velocidad; necesitaba mi mano para cambiar de velocidad con la palanca.

─¿Qué diablos fue eso? ─preguntó Raquel, por fin.

─Creo que tenemos una idea de qué fue.

Silencio.

─¿Habrá sido un niño de verdad? Bueno… su espíritu. O, ¿acaso era algo fingiendo ser un niño?

─Creo que preferiría que fuese un niño de verdad. Aunque, ahora que lo digo en voz alta me pregunto si estará sufriendo, si habrá sufrido, y… cuántos niños más habrá ahí.

─Cállate.

Silencio nuevamente.

No estoy seguro de cuánto tiempo pasó hasta que llegamos a un motel. Tal vez una hora. Ya estabamos más calmados y sabíamos que debíamos descansar, así que alquilamos un cuarto por esa noche.

Bajamos del carro en silencio, nos acomodamos en silencio, nos sentamos en la cama uno junto al otro… y empezamos a reir. Nos tumbamos en la cama y seguíamos riendo como estúpidos nerviosos.

Hablamos durante un rato sobre las experiencias pasadas de este tipo. Nunca habíamos tenido una tan clara y vívida como esta. Ahora ya podíamos reírnos al respecto. Ja… ahora sí.

Nos acostamos de cucharita e intamos dormir. Creo que ella se durmió antes que yo. Trataba de evitar pensar en todo lo que había ocurrido es anoche. El silbido, las jaulas, la sangre, las pisadas en la escalera… Poco a poco mi cuerpo se fue rindiendo ante el cansancio y entré en un estado intermedio entre la vigila y el sueño. No estaba totalmente de un lado ni del otro. Aún percibía mi consciencia, percibía los ruidos de los grillos afuera del cuarto, percibía el cuerpo de Raquel, pero no podía ya moverme. Me estaba quedando dormido. En eso, sentí cómo algo se subió con nosotros a la cama. Quisé levantarme a ver qué era, pero era demasiado tarde. Mi cuerpo se abandonó al abismo onírico sin más. Fue como si esa sensación me hubiera dado el tiro de gracia. No soporté más. Todo se puso negro.

 

A la mañana siguiente Raquel me despertó.

─Levántate ─decía con ánimos─, ¿no quieres bañarte conmigo antes de irnos?

─Sí, ahorita voy ─creo haber dicho.

─¡Anda, levántate!

─Ahorita voy, ahorita voy ─repetí con la dicción de alguien que acaba de despertar de la anestesia.

─Ajj… bueno. Me voy a bañar yo sola.

─Ahorita voy ─susurré.

No podía abrir bien los ojos, estaba demasiado cansado aún. Quería ir con Raquel pero no tenía fuerza suficiente ni para sentarme. Mi cabeza me dolía, mi respiración era profunda como si me hubiese agotado mucha actividad física. Me obligué a mantener los ojos abiertos y ver a todos lados tratando de analizar bien todo lo que veía para intentar despertar a mi cerebro. Poco a poco fui cobrando fuerzas, hasta que logré sentarme. Mi respiración seguía agitada pero ya podía moverme más. Eran pasadas las 9. No llegamos tan tarde aquí, así que debí haber dormido suficiente. ¿Por qué estoy tan cansado?, pensé. ¡Vaya! Al parecer, tantas emociones agotan a uno mucho más de lo que imaginé. En cambio, Raquel parece estar como si nada. Es más valiente que yo. Eso me alegra. Me di golpecitos en la cara para despertar. No funcionaron mucho, pero valía la pena intentarlo. Traté de despertar a mi cerebro a consciencia. Después de unos minutos logré levantarme e ir a la regadera con Raquel.

A pesar de todo, seguía medio adormilado, cansado, con dolor de cabeza, y de espalda. Salimos de nuevo a la carretera y seguimos nuestro camino de regreso a casa. Solo nos detuvimos a almorzar en una pequeña choza de madera. Estuvo delicioso. Me sentó bastante bien. Al llegar a casa ya era de noche, así que solo pusimos las maletas en la sala y nos fuimos a dormir. Raquel me despertó nuevamente diciéndome que ya me levantara porque era tarde. Eran casi las 11 a.m. Ella estaba desempacando pero yo seguía inmensamente cansado. Empezaba a preocuparme que la experiencia que tuvimos me hubiese afectado más de lo que pensé. Ni con un baño, ni comiendo se me quitaba ese letargo. Disminuía lo suficiente como para funcionar el resto del día, pero no dejaba de sentir cansancio y dolor en todo el cuerpo.

Pasaron los días y esa sensación no había dejado de acosarme a todas horas. No tenía pesadillas ni nada por el estilo, pero no podía descansar por más que lo intentara. Fui al médico y me dijo que no parecía haber nada malo en mí. No estaba enfermo, solo parecía estar cansado y ya. Incluso me hice análisis, pero estos solo confirmaban el diagnóstico del médico.

Una semana después ya habíamos vuelto al trabajo y la historia sobre la mansión 414 estaba ganando cada vez más fans. Mientras la escribía me daba cuenta que ya no me causaba pavor ese recuerdo. Era terrible, pero no sentía que tuviera ya demasiado control sobre mí. No entendía por qué me sentía así. Ni siquiera los masajes quitaban del todo los dolores. El médico me había sugerido una combinación balanceada de descanso y ejercicio. Me dio algunas ideas para una dieta energizante, y hasta me dio vitaminas. Nada funcionó por completo, solo lo hacían soportable.

Pero si seguía siendo “soportable” el resto de mi vida, tarde o temprano se convertiría en insoportable.

Nos visitaban amigos para que les platicaramos más sobre nuestro viaje, o para discutir futuros proyectos en los que querían participar. Todo volvía a la normalidad, excepto que yo no podía dejar de estar cansado y adolorido.

 

─¿Sabes? ─me dijo Raquel un día─, creo que debes visitar a Mario.

Mario era un amigo de nosotros que tenía… digamos que la capacidad para ver y sentir más de lo que puede un humano “promedio”. Quizá el problema que yo tenía no fuese ni médico ni psicológico. Si ese era el caso, Mario nos lo diría.

Decidí ir con él el sábado siguiente. Toqué a su puerta y no tardó en abrirme, pero al verme dio un salto hacia atrás como si algo lo hubiera asustado. Noté que sus ojos no miraban los míos, sino que miraban hacia atrás de mí sobre mi hombro.

No había nadie.

Mario me dijo que pasara y me sentara en una silla que tenía junto a la pared. Él se limitó a sacar una hoja de papel y algunos lápices. Se puso a dibujar sin dirigirme la palabra.

─Este… ─comencé a decir pero hizo una seña levantando el dedo índice para indicar que le diera un momento. No paró de dibujar ni un segundo.

Pocos minutos después comprendí todo.

Esto fue lo que él vio:

lo que él vió

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Una llorona

5 de Agosto de 2018

2:50 a.m.

Por supuesto que estaba nublado, fresco, y llovia ligeramente a ratos. El audio que alcancé a grabar de lo sucedido está al final de esta publicación.

Yo estaba en mi turno de trabajo como intérprete por teléfono (como un traductor Inglés/Español en tiempo real). Trataba de descansar un poco porque no había habido llamadas durante un buen rato. En eso escuché un aullido muy lejano y supuse que eran los perros. Hay muchos perros por todos lados y hacen mucho ruido por cualquier cosita a cualquier hora del día. Pero este aullido era diferente. Era mucho más agudo. Le presté atención y fui notando cómo se hacía más fuerte cada vez. De esos lamentos que te erizan la piel y hacen que tu corazón lata más deprisa. No era un perro, era un aullido humano. Ya se parecía más a un grito. Pensé “alguien está en problemas, quizá necesite ayuda” y estaba listo para llamar a la central de emergencias si es que lograba escuchar algun detalle que me diera más información sobre lo que estaba pasando o que al menos me confirmara que alguien necesitaba ayuda. Noté que empezó a decir algo pero no entendía qué decía. Sinceramente, yo ya estaba asustado. Quizá realmente alguien necesitaba ayuda, o tal vez solo era una borracha pasando. Se iba acercando más y más velozmente. Puse mi celular a grabar audio y me quedé ahí quieto por un instante. La voz se acercó más todavía hasta que logré escuchar sus pasos. No me atreví a mover la cortina para observar. Lanzó un grito muy fuerte, como podrán escuchar en el audio. Me pareció haber escuchado un “¡¿por qué a mí?!”, pero no estaba seguro. Entonces, cesó.

Algunos perros ladraron, pero fueron muy pocos y no insistieron mucho. Eso es muy raro por aquí. Normalmente, incluso una persona caminando tranquilamente a medie noche es suficiente para que se desaten un enérgico ladradero en varias cuadras a la redonda. ¿Por qué la gente anda caminando sola a mitad de la noche? No lo sé, no puedo responder eso pero sucede todos los días.

Unos diez minutos más tarde la volví a escuchar. Esta vez no gritaba, solo lloraba y sollozaba mientras seguía diciendo cosas ininteligibles y caminaba muy cerca de aquí. Alcancé a entender un “¡¿por qué?!”, pero nada más. Me atreví a mirar por la ventana antes de que se fuera. No vi a nadie. No escuché absolutamente nada más (hasta este momento, las 3:45 a.m.)

¿Alguien que necesitaba ayuda?
¿Una borracha?
¿Una sonámbula?
¿Una persona en crisis?

Dudo que haya sido LA llorona, pero sí fue UNA llorona.

Nota: sí, en el audio me reí cuando gritó “ay ay ay”. Ups.

Qué es una mente abierta

Te agradezco que estés viendo esta publicación. Solo quisiera decirte algo antes de empezar: este tema es realmente complejo. No solamente de explicar, sino también de comprender. Y por comprender me refiero a entenderlo a tal grado que lo sientes, que lo aplicas en tu vida, que realmente haga un cambio en tu manera de pensar y de actuar. No solo que puedas recitar la explicación que doy, no es solo que la puedas parafrasear, que puedas hacer una presentación en Power Point para una tarea. Es mucho más que eso. Te aconsejo que leas todo, que no dejes inconclusa la lectura. Pero aún así me es imposible prometerte que comprenderás este tema al nivel que acabo de decir cuando termines de leer. Las implicaciones de una mente abierta se presentan todos los días y en cualquier momento de nuestras vidas. Muchas veces son presentaciones tan sutiles que son difíciles de identificar y, por lo tanto, de cambiar. Yo mismo sigo en el proceso de identificar y cambiar esas sutilezas.

brandCreo que fue hace aproximádamente 11 años que empecé a tomar este tema en serio. Pero no fue sino hasta hace casi 2 años, que mi visión sobre él cambió radicalmente. Eso quiere decir que pasé casi 9 años de mi vida pensando que sabía lo que era, cuando en realidad mi concepto de “mente abierta” era una versión de “Mi Alegría”: algo similar a lo que es en verdad pero en versión incompleta, fácil, divertida, y superficial.

Nota extra

Fue hace 7 años que hice la primera publicación sobre este tema. Mi tema favorito. Pueden ver esa publicación aquí

https://dcow92.wordpress.com/2011/04/06/keep-your-mind-wide-open/

Lamentablemente, solo está en inglés porque quería practicar también mi redacción en ese idioma. No haré la traducción al español como lo prometí en aquél entonces. ¿Por qué? Porque hoy tengo una visión diferente a la que tenía en aquél entonces. O, más bien, una visión mucho más profunda que antes. Y porque las ventajas que describí las volveré a mencionar aquí.

De paso, quiero recomendarles este sitio web (http://www.actualized.org/). Es el mejor sitio de desarrollo personal que he encontrado hasta la fecha. Sigue actualizándose. Aunque solo está en inglés por ahora, estoy contribuyendo poco a poco para que sus videos tengan al menos subtítulos en español. Sí, los estoy haciendo yo mismo con la herramienta para ello que nos proporciona YouTube. No me pagan ni pagarán por ello, pero creo tan firmemente en que ese contenido puede ayudar de una manera inimaginable a alguien, que vale la pena dar mi esfuerzo, mi tiempo, y mi conocimiento a hacer posible que los hispanohablantes también tengan acceso a él.

 

Bueno, ahora sí el tema que atañe a esta publicación.

¿Qué significa tener una mente abierta?

Piensa en alguna vez que estuviste totalmente seguro de algo. No tenías ninguna duda. No había por qué pensar que sucedería algo distinto. Y, aún así, días, meses, o años después descubriste que estabas equivocado.

Ahora piensa en una ocasión en la que una persona que conoces y estimas tiene una idea de la que está seguro y orgulloso, pero tú no crees que sea verdad. Es más, para ti es fácil ver que está equivocado, que no está viendo todas las variables correctamente, o que se está dejando llevar por sus sentimientos.

Ese puedes ser tú para alguien más.

Y es aquí, exactamente, donde entra el concepto de tener una mente abierta.

 

Imagina que te doy una caja envuelta como regalo. Te pregunto, ¿qué hay dentro?

La tomas y empiezas a moverla suavemente porque no sabes si hay algo que pueda romperse. Sientes que algo gira en el interior. Puede ser un balón o una pelota. Ahora agitas la caja para arriba y para abajo. No rebota mucho, así que es más probable que sea un balón. Pero ves mi cara y empiezas a sospechar que hay una trampa en todo esto. Así que lo piensas más detenidamente antes de dar tu respuesta final. Después de unos minutos no se te ha ocurrido nada más que las opciones anteriores, o que sea algún tipo de esfera decorativa. No sabes exactamente cómo es, de qué está hecha, pero ha de ser alguna de esas opciones. Esa es tu respuesta final: balón, pelota, o esfera decorativa.

La abres y resulta ser una Kaotica eyeball rellena cuidadosamente con una bolsa de agua para hacer peso. Esto es una esfera de espuma especial que utilizan para aislar los sonidos que recibe un micrófono para locución. El punto es que estabas equivocado. No era ni siquiera una esfera decorativa: tiene un uso específico.

─¡¿Cómo esperabas que supiera eso si yo no trabajo en la radio ni nada parecido?! No es justo, no podía saberlo nunca.

─No esperaba que supieras. Ese es precisamente el punto: no lo podías saber. Aún así te convenciste, hasta cierto punto, de que era una de tus opciones. No fuiste capaz de aceptar que en realidad no sabías  lo que había dentro.

─Bueno, es que me fui por lo más lógico. Sentí cómo rodaba y rebotaba.

Irnos por lo más lógico, obvio, evidente, probable, etc. no siempre nos dará la verdad. A veces coincide, claro, pero no siempre.

No podemos evitar dar opciones que creemos posibles y probables. Preferimos decir algo como “no lo sé, puede que se le haya olvidado, pero quién sabe…”. Es difícil quedarse únicamente con el “no sé”. No digo que esté mal pensar en opciones. El cómo lo haces y la actitud que tienes con esas opciones es lo importante. Ya verás a qué me refiero.

He conocido muchas personas dispuestas a saber, a conocer cosas nuevas, personas nuevas, lugares nuevos, ideologías nuevas, hipótesis nuevas, etc. Incluso si no coincide con la forma de pensar de uno. Eso me parece grandioso. Ahora, para mejorar esto aún más les contaré el resto de la “historia” sobre una mente abierta:

  • Se trata de querer saber más.
  • Se trata de aceptar paradojas y contradicciones.
  • Se trata de saber que incluso la sabiduría de la humanidad puede estar equivocada.
  • Se trata de saber que ni la ciencia ni la religión tienen todas las respuestas y quizá nunca las tendrán.
  • Se trata de saber que la cantidad de personas que cree una misma cosa no afecta en absoluto la verdad universal.
  • Se trata de saber que la lógica y la razón no son 100% confiables en todas las situaciones.
  • Se trata de saber que la confianza y la seguridad no son lo mismo que “la verdad”.
  • Se trata de saber que las emociones son reacciones y no necesariamente describen la realidad que está afuera de ti.
  • Se trata de saber que hay diferentes tipos y niveles de verdades. Este punto amerita su propia publicación, así que no lo expondré aquí.
  • Se trata de saber que hay distintos niveles de comprensión. Este igual.
  • ¡Se trata de no saber!

Para saber más es necesario estar dispuesto a aceptar que no sabes. Si crees que ya lo sabes, ¿por qué irías a buscar más información? Si un grupo de científicos ya te dio la solución para el dolor de cabeza, ¿para qué vas a ir a buscar otras opciones? Estos son ejemplos muy simples y fáciles de comprender. Vayamos a algo más complicado.

 

¿Qué tal si te digo que al tener una mente abierta no puedes tener fe?

La fe es lo contrario a tener una mente abierta. La fe es creer firmemente en algo a pesar de no tener pruebas, de no poder comprobarlo.

Sin embargo, puedes actuar como si tuvieras fe. No para engañar, no para quedar bien, no para ser un hipócrita, sino porque puedes elegir cómo actuar aunque no sepas qué sucederá.

Imagina que participarás en una competencia de natación. Sabes lo mucho que te has esforzado, y has visto que tus tiempos superan por mucho a los de tus compañeros. Incluso has superado considerablemente a otros competidores en eventos anteriores. Confías en que vas a ganar. Tu familia confía en que vas a ganar. Ves a tus contrincantes y no te parecen más aptos que tú. Es obvio que vas a ganar.

Por otro lado, hay varios competidores que también creen que van a ganar. En su mente no hay otro resultado posible. Igual que en la tuya.

Sin embargo, en la competencia solo puede haber un 1° lugar. Lo que significa que todos los que creyeron firmemente en que ganarían estaban equivocados. Con excepción, quizás, del que sí ganó. Y digo “quizá” porque es posible que quien ganó no haya creído que lo lograría.

Puedes actuar como si tuvieras fe en ganar. Puedes elegir observar qué requieres hacer para lograrlo, hacerlo, practicarlo, y esforzarte a pesar de que sabes que no puedes predecir el resultado certeramente. Tú no sabes qué sucederá, pero puedes decidir qué harás. A eso me refiero con no tener fe. No se trata de ser pesimista.

Tú puedes elegir el camino que quieras. Puedes hacer un gran esfuerzo por llegar a un destino específico. No sabrás realmente si llegarás o no, ni si será como esperabas. Pero tienes la posibilidad de disfrutar el camino, y de aprender en él.  Quizá te desvíes; quizá te regreses porque algo no te agradó; quizá te encuentres con montañas, ríos, lagos, o acantilados y tengas que rodearlos; pero lo aceptarás porque es lo que sucedió, es lo que tienes enfrente, es lo que hay en tu vida. No es una resignación que duele. Es una aceptación verdadera en la que te sientes feliz con tu vida, venga lo que venga. Tú decides ser feliz con lo que sea que te de la vida. Tu felicidad verdadera no depende de lo que te de la vida.

 

Problemas de confianza

Otro gran problema con tener una mente inmensamente abierta es que algunos actos parecen ser una simple falta de confianza en las personas.

Imagina que hiciste un video y quieres que alguien le ponga subtítulos en inglés para que llegue a más personas. Tú no sabes suficiente, así que le pides a un amigo cercano que consideras muy bueno en ello que lo haga. Cuando revisas el producto final te parece muy bien. Tu amigo está feliz porque te agradó el resultado. Pero luego llamas a un maestro de inglés con muchos años de experiencia para que lo revise una segunda vez y haga algunas modificaciones si es necesario. Él reconoce que está bien hecho, solo hace algunas sugerencias con sinónimos y algunas cuestiones de puntuación. El problema surge cuando tu amigo se entera de esto. Está terriblemente ofendido porque no confiaste en él. Es un insulto para sus conocimientos, habilidades, y hasta su amistad.

Ahora, ¿cómo lo ve una persona de mente abierta? Por supuesto que no quiere insultar a su amigo, no quiere pensar que se equivoca. Sin embargo, sabe que es posible. Sabe que es posible que algo se le haya pasado, que algo haya omitido, que sinceramente haya alguna palabra que no entendió, o que haya elegido alguna palabra que pudo haber sido sustituida por otra solo por gusto. Sabe perfectamente que su amigo es bueno en lo que hace. Pero él quiere que su trabajo sea presentado internacionalmente de la mejor manera que le sea posible. Por eso buscó una forma de trabajo en equipo para estar más seguro.

─Ah, entonces sí es falta de confianza en su amigo.

─Sería una falta de confianza en su amigo si él estuviera esperando que se equivoque. No es lo mismo que reconocer que una persona, por más experta que sea, puede equivocarse. O quizá no se equivocó, pero habrá alguna cuestión de estilo que podría ser diferente. No siempre se trata de correcto o incorrecto, a veces solo se trata de distintas versiones de hacerlo, buscando la que más le guste a quien pidió el trabajo.

El amigo ofendido está ofendido porque se niega a aceptar que era posible haberse equivocado, porque toma esto como un ataque personal sin ponerse a pensar en cómo lo vio realmente su amigo, porque hiere su orgullo. Y como hirió su orgullo, él contraataca diciendo que su amigo lo ofendió. Quizá una alternativa conveniente es que vea las sugerencias del maestro para ver si puede aprender algo nuevo e incluirlo en sus próximos trabajos. Siempre hay algo nuevo que aprender.

 

Sobre la ciencia

¿Alguna vez has ido a verificar con tus propios ojos que la Tierra es redonda?

¿Alguna vez has ido tú mismo a medir la distancia entre el Sol y la Tierra?

¿Alguna vez has buscado la cura para el SIDA hasta agotar todas las opciones posibles?

¿Alguna vez has comprobado que existen las sustancias llamadas hormonas que controlan casi todas las funciones de tu cuerpo?

¿Alguna vez has comprobado que el paracetamol sí es el que quita el dolor y no se debe a ninguna otra variable que no habías tomado en cuenta?

¿Alguna vez has comprobado que las bacterias y gérmenes de las frutas se mueren y se caen cuando las lavas con desinfectante o jabón?

Lo más probable es que no hayas hecho ninguna de estas cosas tú mismo. Alguien más lo hizo, o intentó hacerlo. Quizá se haya equivocado al hacerlo y no se dio cuenta. Quizá nunca lo han hecho y solo dicen que es cierto. Quizá saben que no es cierto. No lo sabemos. Además, agotar todas las opciones posibles es, en realidad, imposible de hacer porque son infinitas.

El aceptar que no se sabe algo, o que algo que se cree que se sabe puede estar equivocado o incompleto es lo que le ha permitido a la ciencia hacer nuevos descubrimientos. No existieran estos descubrimientos si alguien no se hubiese puesto de curioso a intentar descubrir algo, o a refutar una teoría, o que haya hecho de casualidad una observación muy atinada.

 

Algunas otras situaciones

Vas en la autopista en el carril de alta. Frente a ti está una camioneta pick up enorme. Ambos van a gran velocidad porque el camino se los permite. Es todo derecho y así ha sido por unos cuantos kilómetros. La camioneta acelera y empieza a despegarse de ti. Así que tienes más espacio y aceleras también. De pronto, la camioneta cambia al carril de la derecha sin avisar. Te sorprende la rapidez con la que lo hizo. Y en ese pequeñísimo instante en que estás pensando “¿por qué cambió de carril?” recorriste la distancia entre tu carro y el carro que estaba frente a la camioneta. El que le hizo cambiar de carril. Ahora ambos están parados en medio de la nada esperando a la aseguradora y a la ambulancia.

Tener una mente abierta está relacionada con la precaución. Precisamente porque no sabemos qué puede pasar, podemos tomar algunas precauciones. Durante kilómetros no sucedió nada a pesar de ir a gran velocidad justo detrás de la camioneta, así que dejaste de pensar que algo podría cambiar, y que si lo hacía, tú lo sabrías con tiempo, pero no fue así. No viste eso venir. No estoy hablando de que debiste ver más allá en la autopista. No estoy hablando de que la camioneta era demasiado grande y no te dejaba ver. Estoy hablando de que no tomaste ninguna precaución tomando en cuenta que no sabes qué puede suceder.

Eso mismo pasa en la ciudad. He visto muchos choques ocasionados por el exceso de confianza de al menos uno de los conductores involucrados. Creen que el otro conductor hará tal o cual cosa y actúan de acuerdo a ello. Pero las cosas inesperadas suceden. Y podrían decir “claro, pero son inesperadas así que no te puedes preparar para ello.” Definitivamente hay cosas para las que no te preparas y suceden aunque te prepares, pero hay muchas cosas sencillas que pudieron haberse evitado de haber tomado precauciones como dejar más espacio entre tú y el conductor de adelante, no meterte entre dos carros donde muy apenas cabes tú, no forzar la vuelta continua, no ir tan rápido, no aprovechar el pequeño espacio de tiempo entre que se puso rojo tu semáforo y los carros del otro lado tardan en llegar hasta donde tú estás pasando, etc.

 

Otros ejemplos: ¿te has preguntado si las cosas que compartes en redes sociales son verdaderas?, ¿te has preguntado si las frases que dijo tal personaje de la política o el mundo del espectáculo son ciertas?, ¿te has preguntado si las fotos que ves muestran lo que tú crees que muestran?, ¿te has preguntado si las publicaciones científicas que te encuentras son certeras y veraces? Probablemente sí te has preguntado la mayoría de estas cosas. Probablemente pienses que mucho de lo que ves en las redes sociales está manipulado o simplemente es mentira. Entonces, ¿qué haces al respecto?

 

Conociendo otras culturas

Ya que reconoces y aceptas que tú y tus creencias pueden estar equivocados, deja de tener sentido el pensar que otras creencias están equivocadas porque para ello tendrías que saber cuál es la correcta pero no lo sabes. No lo puedes saber. Así, tu mente está receptiva para conocer otras culturas, costumbres, creencias, e ideas sin juzgarlas. Dejas de pensar que la decisión que alguien tomó está mal porque no lo sabes. No eres poseedor de la verdad absoluta.

 

Mi pequeñísima investigación

Unos días antes de escribir esta publicación hice una encuesta que compartí en Facebook para saber qué pensaba la gente sobre el concepto de “mente abierta”.

Si quieres participar en esta encuesta, haz clic aquí:

https://goo.gl/forms/GvraqsX7Z1rwhMjm1

En resumen, las respuestas hablan de

  • Aceptar perspectivas y formas de pensar distintas a las nuestras.
  • Involucrarse con temas que, en general, son mal vistos o incómodos en la sociedad.
  • Experimentar nuevas actividades.

Una respuesta similar a esas hubiera dado yo hace más de tres años. Ciertamente, todo esto está relacionado con tener una mente abierta pero estas ideas no definen lo que es. Más bien, son consecuencias de tener una mente abierta. Hablan de lo que uno es capaz de hacer cuando se tiene una mente abierta, pero no es la definición de una.

Con un lápiz puedes dibujar, puedes hacer hoyos en una caja de cartón, puedes usarlo de proyectil, puedes utilizarlo en alguna manualidad, puedes morderlo, y muchas otras cosas. Pero si alguien te pregunta, ¿qué es un lápiz? Dirás que es una herramienta alargada, generalmente de madera o cera, con grafito dentro. Algo así. La definición y la utilidad son distintas, así como lo que acabo de mencionar sobre la mente abierta.

 

Conclusión

No importa lo que sepas, lo que creas saber, cómo te sientas, las pruebas que digas tener… siempre existe la posibilidad de que estés equivocado.

Tener una mente abierta no significa ser un nihilista, ni un anarquista, ni un cínico, ni un escéptico sin sentido. No quiero decir que vayas en contra de la sociedad y todo lo que ella diga. Se trata de una actitud que te ayuda a desarrollar tu inteligencia emocional, y a desarrollarte como persona.

Tener una mente abierta puede traerte estos beneficios, y algunos más:

  • Humildad: pues sabrás que puedes estar equivocado.
  • Conocimiento: al reconocer que no sabes, le permites a tu mente ir en búsqueda de la verdad.
  • Comprensión y empatía: entiendes que las personas se pueden equivocar y no lo pueden evitar. Evitas formarte prejuicios que te impiden entender a las otras personas porque realmente no conoces sus pensamientos, sus intenciones, sus emociones, ni sus acciones.
  • Evitas crearte expectativas que no lograrás cumplir y te tendrán estancado en sufrimiento mientras te preguntas por qué no sucedió lo que tú querías o decías necesitar.
  • Eliminas los pensamientos limitantes: sabes que lo que digan las personas puede estar equivocado, así que eliges tu camino y te lanzas a la aventura.
  • Permite el desarrollo personal a un alto nivel.
  • Disminuye tus reacciones explosivas o destructivas cada vez que alguien se mete con tus creencias.
  • Paz: entiendes que no existe una forma en la que las cosas “deban” ser, pero al mismo tiempo todo es como debe ser.

Puedes decidir estar seguro sobre algo y defenderlo. La clave es ser capaz de cambiar esa idea o creencia si descubres algo que la refuta o modifica.

Entonces, tener una mente abierta es aceptar que no sabemos porque solo así nuestra mente será capaz de recibir nueva información, será capaz de observar profundamente, será libre de ataduras, y será libre de prejuicios.

Es una frase muy sencilla de decir, pero solo mira todo lo que escribí sobre ella y sus implicaciones, mira todo lo que puede significar para ti el comprender esto profundamente.

Pero… ¿cómo sabré que sí tengo una mente abierta?

  • Cuando no te cause conflicto el no saber.
  • Cuando el no saber te tranquilice.
  • Cuando el no saber te emocione porque hay infinitas cosas nuevas por conocer.

Así que…

¡Mantén tu mente muy abierta!

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La mansión 414 (capítulo 3)

Vino a mí un aire viciado enfermizamente húmedo. Me quedé de pie, con mi mano derecha aún en la puerta. De pronto, un restruendo metálico atacó nuestros oídos y nos dio un vuelco el corazón. Algo se movía en el piso. Dio un salto hacia atrás abriendo bien los ojos por instinto pero sin querer ver.

La madera de la puerta estaba podrida y el cerrojo se había desprendido cuando la abrí. Eso era lo que había caído al piso y hecho aquel ruido. Qué vergüenza por mi sobresalto. Raquel no me dijo nada. Solo se acercó a mí y puso su mano sobre mi hombro.

Prendimos las linternas de nuestros celulares, Raquel comenzó a grabar con la cámara, y entramos juntos al recibidor. Era muy grande, aunque la casa se sentía más pequeña vista desde adentro. Frente a nosotros estaba la escalera al segundo piso. En el centro de la habitación no había nada más que una gran alfombra desgastada. Por un costado de la escalera había un pasillo que supusimos que era el que nos llevaría al jardín trasero. A los costados del vestíbulo había tres puertas de cada lado. Empezamos por las de la izquierda. Por suerte, estaban abiertas. Aunque no encontramos nada interesante. Todas las habitaciones eran solo eso: habitaciones vacías con algunas enredaderas metiéndose por las ventanas; pero algo que llamó nuestra atención fue que todas tenían suelo de madera. El vestíbulo tenía suelo de concreto.

─Es un poco extraño este lugar ─dijo Raquel.

─¿Por qué? Bueno, sé que es algo extraño pero, ¿por qué lo dices?

─No la siento como una casa ─me respondió mientras caminábamos hacia las puertas de la derecha.

Abrí la primera puerta, la más cercana a la entrada.

─¿Y eso?

─No sé… algo me dice que no era una casa. Se me hace un diseño muy raro para serlo. Ni siquiera parece haber cocina.

Dentro de la habitación tampoco había nada. Sin embargo, el suelo, también de madera como en las otras, estaba mucho más gastado. Se estaba hundiendo, como si fuera a colapsar en cualquier momento. No era necesario entrar, puesto que no había nada que ver ahí. Así que no le di importancia y me volví hacia Raquel para seguir escuchando sus ideas sobre aquel lugar.

─Sería muy raro que el comedor y la sala estuvieran separados en cuartos así.

Tenía razón, hasta ahora lo notaba. No parecía una casa. Cerré la puerta de la habitación y nos quedamos parados un momento ahí, mirándonos, tratando de pensar qué podía haber sido ese lugar.

─Aunque el viejito de en la mañana sí dijo “casa”: preguntó si éramos los dueños de “esta casa” ─citó al anciano haciendo énfasis en la palabra casa.

─Quizá lo dijo por decir.

─¿Y recuerdas lo que dijo la viejita? ─siguió como si yo no hubiera dicho nada.

─Los ancianos siempre andan diciendo que se te meterá el chamuco por cualquier cosa.

Hubo un momento de silencio en lo que ambos pensábamos qué decir a continuación, pero eso nos hizo darnos cuenta de que estábamos en medio de la nada. Probablemente sin nadie al rededor. Todo era sumamente silencioso y oscuro. La única luz era la de nuestros celulares.

No. No estaba silencioso. No llovía como en toda película de terror. ¡Ah, pero sí que había viento! Sabía que ese canijo viento nos jugaría muchas bromas esa noche. Nunca falla. Lo terrible de ello es que hay ocasiones en las que uno no sabe si fue el viento realmente o no.

O no.

Esa es la opción que nadie quiere considerar seriamente.

Escuchamos el crujir de la madera. No sabíamos si venía del piso de arriba o no. Pero la puerta principal estaba abierta y eso nos tranqulizaba. Solo se había colado el viento.

Pasamos a la siguiente habitación. La puerta ya estaba abierta. Ahora sí había algo que ver, por fin: un hoyo casi del tamaño de la habitación entera. El piso de madera había colapsado y ahora solo había un gran abismo frente a nosotros, junto a nuestros pies. ¿Tanto ha sido el tiempo, que el piso colapso?, ¿o habrá sucedido antes de que se mudaran? Quizá esa había sido la razón de abandonar ese lugar. Fuera lo que fuera.

Mi curiosidad atacó de nuevo y comencé a buscar alguna piedra o algo que dejar caer al hoyo negro. Encontré un pequeño tornillo oxidado y lo dejé caer. Esta vez sí escuchamos cuando golpeó en el fondo. Había chocado contra algo firme. Quizá concreto.

─Significa que hay un sótano ─dije entusiasmado.

─¿Qué clase de lugar es este? ─se preguntó Raquel.

Yo me preguntaba cómo accederíamos a él. No quería brincar. Quién sabe si podría subir, y tampoco sabía si estaba lo suficientemente alto para romperse las piernas.

─Bueno. Sigamos. Más adelante veremos dónde está la entrada al sótano ─dije.

Continuamos a la siguiente habitación. Me di un golpe con la puerta al confiarme en que estaría abierta: intenté girar la perilla al mismo tiempo que empujaba la puerta con el brazo, solo para descubrir que estaba cerrada.

Todo fan de las historias fantásticas sabe que una puerta cerrada significa que hay algo interesante ahí. Esta vez empujé la puerta con la intención de forzarla a abrirse. Tal vez llegaría a romperla, pero con el estado de la casa en general, eso no importaba.

No sucedió nada. Intenté asestar de nuevo contra ella pero no dio resultado. Pensé en patearla pero, por alguna razón, no quería hacer ruido en exceso. No creía que fueran a escuchar los vecinos, si es que había. Creo que inconscientemente no quería hacer ruido para no despertar… a quien estuviera en ese lugar. Así que me puse a pensar en cómo poder entrar a esa habitación. ¡Claro! Por la ventana de afuera. Me disponía a dar el primer paso hacia afuera de la casa con tal de entrar a esa habitación, cuando entendí que esa ventana sería la que vi justo antes de entrar. Aquélla que me hipnotizó con su negrura espectral era mi única forma de entrar a la habitación. ¡Maldición! Pero nimodo, de todas formas lo haría.

Al salir de la casa nos dimos cuenta de que el alumbrado público era sumamente escaso. La única lámpara, de luz incandescente, estaba frente a la casa de junto. ¡Era la única lámpara a la vista!

Con un acopio de valentía que no había logrado tener antes, me acerqué a la ventana y observé hacia adentro más cuidadosamente. La abrí un poco más y pude ver que parecía estar tapiada con madera en el interior. Eso me frustró un poco, y al mismo tiempo me hizo desear con más fuerza el querer saber qué había dentro. Esa emoción hizo que me acercara aún más, ya sin el miedo de rato atrás. En una inspección más detallada, la madera que vi parecía estar despegada de la ventana. Como si hubieran colocado una tabla enorme frente a la ventana y listo. Nada de clavos ni pegarla. Empujé ligeramente la madera pero no la moví para nada. Empujé con más fuerza utilizando las dos manos y esta vez sí se movió. Era un mueble junto a la ventana. Me vino a la mente un librero enorme. Empujé un poco más y luego me senté en el alfeizar para poder seguir empujando más allá.

─Con cuidado ─me decía Raquel. Estaba tan emocionada como yo pero también le preocupaba que no me pasara nada.

Cuando por fin logré abrir un espacio lo sufientemente grande para que yo cupiera, salté dentro de la habitación. Con el celular por delante, me adentré rodeando al librero. Raquel me siguió inmediatamente.

Descubrimos que, en efecto, el gran mueble que tapaba la ventana se trataba de un enorme librero lleno de libros viejos. Había también otro librero, y ese sí que llamó nuestra atención inmediatamente. Estaba lleno de frascos que guardaban animales muertos suspendidos en formol. Había pájaros, cachorros, gatitos, y algunos otros que no logramos identificar.

─¡Maldición! ─gritó Raquel─ ¡Ahí hay un feto humano!

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La mansión 414 (capítulo 2)

Volvimos a estar en el camino. Raquel miraba por la ventana admirando el paisaje lleno de árboles frondosos. Yo iba cantando Turn loose the mermaids.

Habíamos decidido continuar con nuestro viaje porque ese era el plan original. El rio en Xilema nos esperaba.

Realmente no sabíamos hacia dónde dirigirnos. Solo seguimos la carretera por unos diez minutos hasta que llegamos a la parte habitada. Al parecer era el centro del pueblo porque había una pequeña plaza y varias personas caminando por ahí despreocupadas.

Pasamos a almorzar en una pequeña y pintoresca fonda. Ahí le preguntamos a la mesera cómo llegar al río. Fue muy amable con nostros y nos dijo que tomaramos la calle que estaba al otro lado de la plaza principal, siguieramos 4 calles y giraramos a la izquierda por el camino no pavimentado.

El almuerzo fue un plácido momento en el que casi no pensamos en la casa. Raquel y yo platicamos anécdotas de nuestros amigos y sobre algunos planes que teníamos para el futuro. Al terminar, nos fuimos directamente al río. Era tan hermoso como nos habían dicho. El agua estaba fría pero no para congelarnos. Era tan clara que podíamos ver el fondo. De vez en cuando cruzaba un banquillo de peces cerca de nuestros pies. Las ruinas eran más numerosas de lo que esperábamos y, por supuesto, tomamos muchas fotos. Pasamos largos ratos imaginándonos cómo pudo haber sido aquel lugar en su apogeo. Fue grandioso.

Al caer la tarde, regresamos a la casa abandonada por el mismo camino que habíamos tomado. Esta vez nos pareció haber llegado mucho más rápido. Ambos estábamos emocionados aunque no lo dijeramos. Al pasar frente a ella, noté que tenía el número 414 en la entrada escrito en una placa de porcelana. Estacioné el carro por un costado, fuera de la carretera. No creía que fueran a pasar carros por ahí pero uno nunca sabe, y planeabamos quedarnos unas cuantas horas.

Al detener la marcha, Raquel y yo nos dirigimos una mirada de complicidad, de esas que me hicieron enamorarme de ella. Tomamos nuestras cámaras, las baterías de repuesto para los celulares, y nos bajamos. No teníamos el equipo completo: nada de cámaras de visión nocturna, ni grabadoras profesionales de audio. Solo las cámaras y nuestros celulares. Con eso tendría que bastar.

Caminamos hacia el portón, que estaba cerrado con cadena y candado. Todo estaba tan oxidado como un barco encallado por décadas. Aun así, no logramos abrirla. Recorrimos una vez más todo su perímetro en búsqueda de una manera de entrar que se nos hubiera escapado la primera vez que estuvimos aquí. No la había. La única opción era subir por los barrotes de la barda como si fueramos unos micos. Yo fui primero. Le di mi cámara a Raquel y comencé a trepar por los barrotes haciendo fuerza con mis extremidades derechas para que las izquierdas subieran, y luego cambiaban de papel. Llegué al tope y puse mis manos entre los pinchos afilados, oxidados, y amenzantes. Me balanceé entre ellos como si fuera un gimnasta en el caballo. Pensé, “qué divertido es pensar algo así cuando estoy poniendo mi hombría en peligro”. Comencé a bajar por el otro lado y di un pequeño salto. Ya estaba. Ahora Raquel me había pasado las cámaras y era su turno. Por supuesto que no me divertía verla pasando sobre esos pinchos. Puso sus manos entre ellos, como yo, pero de pronto su pie izquierdo se resbaló y su cuerpo bajó abruptamente hacia los pinchos. Ambos dimos un respingo con el corazón hundiéndose en el pecho y la sangre hasta los pies. Uno de los pinchos rasgó su pantalón, pero nada más. Sus brazos habían sido capaces de sostenerla lo suficiente para que no cayera más de la cuenta. Yo me estiré para ayudarla. Logró pasar su pierna izquiera y bajó por los barrotes mientras yo la tomaba por la cintura. Nuestro rostro consternado pasó a emitir una risa de alivio un segundo después de que sus pies tocaron el piso. Ella estaba bien.

Quisimos empezar por fuera para aprovechar la poca luz del sol que aún quedaba. Fuimos al frente de la casa para ver la fuente. Era hermosa. El musgo sobre su piedra me daba la sensación de que, de alguna manera, todo aquello tenía vida.

Raquel estaba tomando una foto de frente, y yo estaba junto a ella. Justo en ese momento silencioso antes de tomar una foto, la cadena del portón detrás de nosotros sonó. Nos quedamos más quietos aun, sin voltear. Sabíamos que era el viento y nada más. Ya habíamos estado en lugares así muchas veces antes. Una vez tomada la fotografía, volteé hacia el portón solo por si acaso. Sí había sido el viento. Solo quería asegurarme. Creo que Raquel también lo hizo.

Tomó unas cuantas fotografías más de la fachada y nos dirigimos al pozo. Ah, ¡vaya que yo quería ir al pozo! Tenía una tapadera de madera, que por supuesto quité inmediatamente. No era tan pesada como esperaba, así que fue sencillo ponerla en el suelo y asomarnos a ver la negra profundidad que ocultaba misterios que yo ansiaba descubrir. Todo estaba completamente oscuro como era de esperarse pero un instante después llegó a mí un ligero olor ácido. Era un aroma penetrante a pesar de ser muy ligero. Yo conocía muy bien aquel asqueroso olor de la putrefacción.

─Debe haber un animal muerto ahí abajo ─dijo Raquel rompiendo el silencio.

─Sí… un animal muerto ─le contesté mirando fijamente al abismo─. Un humano también es un animal y olemos igual que cualquier otro cuando nuestro cuerpo está descomponiéndose.

─Diría que estás exagerando ─replicó Raquel después de un momento─, pero este es un pueblo muy pequeño alejado de la civilización citadina y aquí las cosas se hacen diferente. Puede que tengas razón.

Sin querer se esbozó una ligera sonrisa de triunfo en mí. Saqué mi celular y activé la linterna para intentar ver lo que se escondía bajo ese oscuro manto de nada. Fue totalmente inútil. Incluso cuando Raquel se unió con su celular no logramos atisbar absolutamente nada. Lo siguiente que se me ocurrió fue dejar caer una piedra para contar el tiempo en que tardaba en chocar con el suelo y así saber aproximádamente cuánto medía ese pozo. Quería saber todo lo que pudiera de él.

No hubo ningún ruido. ¿Habrá chocado con un cadáver y eso amortigüó la caída?

Intenté soltar una piedra de nuevo pero esta vez lo hice junto a la pared. La primera piedra la había soltado hacia el centro del pozo. Mi mente científica no estaba peleada con mi fascinación por lo desconocido y las historias fantasiosas.

Tampoco hubo ruido.

De pronto caí en cuenta de algo. Si un cadáver hubiera amortigüado su caída para no hacer nada de ruido, quiere decir que no eran los puros huesos, o sea que ese cadáver no estaría tan descompuesto. En otras palabras, no habría muerto mucho tiempo atrás. Aunque podría ser simplemente un animal que no fuera un humano: un tlacuache o algo así. Me carcomía la curiosidad de saber qué era pero no podía bajar y no tenía ninguna manera de bajar una cámara con visión nocturna. Tendría que dejar pasar este misterio. ¡Maldita sea!

Raquel me ayudó a tapar de nuevo el pozo para ir por el platillo principal: la mansión.

Ella se adelantó hacia la entrada. Yo caminé lentamente observando la casa, sus paredes viejas, las plantas que habían crecido en ella, sus ventanas… Esas viejas ventanas de madera apolillada que dejan entrever una oscuridad total. Una oscuridad inquietante que te acelera el corazón, te hace sentir observado a pesar de que no puedas ver absolutamente nada. Sientes cómo te jala hacia ella. Te inquieta cada vez más y no puedes dejar de mirarla, como si fueras lo suficientemente valiente para mirar a los ojos a aquello que te esté devolviendo la mirada desde la oscuridad, pero en realidad es porque te ha atrapado y no puedes escapar de ello. Todo lo demás deja de existir por un instante. Tu respiración se agita como tu corazón y, de pronto, te suelta. Parpadeas y puedes seguir tu camino. Solo es una ventana a una habitación oscura y es todo. Eso es todo.

El sol ya estaba oculto casi en su totalidad. Estábamos parados frente a la puerta principal, como si esperásemos que el último rayo de sol nos indicara cuándo podíamos entrar. Miré a Raquel y luego a la puerta. Avancé hacia ella con el corazón acelerado. Si no se abría fácilmente, tendríamos que entrar por una ventana. Sin embargo, empujé con fuerza y la puerta se abrió de par en par.

Continuará…

La mansión 414 (capítulo 1)

Desde que era pequeño me ha fascinado explorar lugares abandonados. Mi corazón se acelera desde el momento en que lo veo a lo lejos. Admiro su fachada, sus alrededores, sus colores. Antes la gente solía tratar a las construcciones con decencia. Sabían que cada edificio era digno de respeto, por lo que merecía una exhaustiva planeación y un hermoso diseño. No como hoy en día que parece ser que entre más simple e insípido, “mejor”. Ugh, ni siquiera puedo evitar escribir eso entre comillas.

Al llegar frente a la construcción, sea la que sea, recorro con la mirada cada centímetro. No sé cuándo podré volver a verla, así que trato de observar cuanto pueda. Ahora que he logrado ganarme el pan con mi afición, no hay ocasión en la que no lleve mi cámara pero suelo tardar en empezar a usarla. Olvido que la traigo conmigo hasta que empiezo a caminar un poco más aprisa para entrar al edificio y siento su golpeteo en mi pecho al tiempo que la correa da pequeños jalones a mi cuello.

Entrar al terreno me transporta a un pasado imaginario de infinitas posibilidades. Nunca sabré con certeza qué tanto sucedió en esos lugares, pero no importa. Por alguna razón, la inmensidad de historias que pudieron haber ocurrido ahí es como un buffet para mi imaginación. Me pregunto ¿qué clase de personas vivieron ahí?, ¿cómo se llevaban?, ¿qué hacían?, ¿cómo era la vida en cada estación del año?, ¿qué celebraban?, ¿cómo era pasar la Navidad en ese lugar?, ¿qué problemas tenían?, ¿hubo algún crimen?, ¿hubo algún escándalo?, ¿qué era lo más interesante que había pasado en cada cuarto?, ¿cómo eran las noches frías y lluviosas? Ah, esas me encantan en donde quiera que me encuentre. No importaba qué tipo de lugar visitaba: casas, hospitales, oficinas, parques de diversión, edificios de departamentos. Cada uno me daba la leña necesaria para la hoguera de mi imaginación junto a la que me siento y me cuento historias a mí mismo.

Las historias son algo inherente al mundo y a la vida. Ellas pueden hacernos recordar, aprender, sentir, expresar, asombrarnos, motivarnos, cambiar…

Por ello he dedicado mi vida a las historias. Algunas verdaderas, y otras son el producto de mi imaginación. Ahora que soy capaz me dedico, entre otras cosas, a visitar lugares abandonados para escribir historias sobre ellos. Tomo fotos, videos, y trato de investigar la verdadera historia de cada uno. Cuando no me es posible encontrar a quien me pueda compartir dicha historia, o cuando mi imaginación creó algo de lo que está orgullosa e impaciente por hacerme escribir, entonces invento una. La Internet me ha permitido ganar dinero de esta forma.

Pero basta de la parte tediosa de esto. Quiero contarles lo que sucedió en mi última excursión.

Hace un mes salí de vacaciones junto con mi novia Raquel. Era a mediados de otoño. No quisimos viajar en un momento en el que hubiera mareas de turistas sofocándonos a donde sea que fuéramos. Nuestro plan era solo ir a divertirnos y relajarnos. No es que estuvieramos deseosos de escapar de nuestros trabajos porque, en realidad, los disfrutamos mucho. Sin embargo, también es muy gratificante viajar sin una misión en concreto.

Partimos hacia el oeste pero sin un rumbo fijo. Después de alejarnos unas cuantas decenas de kilómetros empezamos a preguntar en los pueblitos si conocían algun lugar con cerros, ríos, lagos, o algo así. Nos mencionaron un puñado de poblados pero el que más nos llamó la atención fue uno llamado Xilema. Estaba a unos 100 km de ahí pero como nos dijeron que por las afueras corría un río de agua cristalina, media docena de cascadas enanas, y ruinas antiquísimas entre los afluentes, no dudamos en elegirlo como nuestro destino.

Anduvimos cerca de hora y media en la carretera auxiliados por el GPS. Era casi medio día cuando vimos el letrero oxidado que decía “Bienvenidos a Xilema”.

Nos llevamos una sorpresa al ver que el camino por el que ibamos estaba cerrado. Era la entrada principal al pueblito y, al parecer, al ayuntamiento se le había ocurrido repararlo justo en esos días. Algo que me encanta de Raquel es su espíritu de aventura tan parecido al mío: al ver el paso bloqueado, inmediatamente pensamos “eso quiere decir ruta alterna, y ruta alterna siginfica… ¡aventura!”. Retrocedimos un par de kilómetros hasta encontrar otro camino que al menos pareciera llevar al pueblo. Encontramos uno de pura terracería. El GPS no lo mostraba y debo admitir que eso me provocó un instante de preocupación, pero luego pensé “en el peor de los casos, solo regresamos y ya”. Así que lo tomamos y conduje muy lentamente durante media hora hasta que nos encontramos con un camino pavimentado. Con baches, horribles baches, pero pavimentado. Di vuelta para incorporarme en esa calle y seguimos nuestra travesía. Pocos metros adelante la vimos. Era maravillosa. Una pequeña mansión obviamente abandonada. Tenía dos pisos, una fuente frente a la puerta principal, un portón de madera con goznes de metal, y ¡hasta almenas en el techo! Más bien parecía un pequeño castillo. Los árboles la habitaban y, con toda seguridad, cientos de animales y bichos también. Se encontraba en una esquina. Casi no había nada a su al rededor. En contra esquina había una pequeña choza de madera destartalándose. A su derecha había unas cuantas casas pequeñas. No parecían abandonadas, pero tampoco pudimos ver señales claras de que alguien estuviese viviendo ahí.

01
Dibujo que hice a mano poco después de verla por primera vez. Nota: omití los árboles para que se apreciara la estructura.

Ninguno de los dos dijo nada, pero sabíamos lo que el otro pensaba. Me detuve frente a la casa, mansión, castillo, no sé. Me detuve ante aquella obra de arte reclamada por la naturaleza. Volteé a ver a Raquel al mismo tiempo que ella volteó a verme; Era la mirada de “¡vamos!”. Bajamos del carro embelesados e instintivamente agarré la cámara. Apenas ibamos a acercarnos a la barda para ver un poco mejor cuando escuchamos una voz rasposa y cansina a nuestra derecha. No nos habíamos percatado de que se había acercado una pareja de ancianos que iban en un triciclo como los que se usan para transportar botellones de agua. Solo que en vez de un botellón, el anciano llevaba a quien supuse que era su esposa.

─¿Ustedes son los dueños de esa casa? ─preguntó el anciano.

Por un momento pensé que ellos eran los verdaderos dueños y solo nos estaban probando.

─No. Solo queríamos verla y tomar fotos ─le respondí tratando de parecer lo más turista posible, si es que eso tiene sentido, para que viera que eramos inofensivos y no queríamos problemas con nadie.

─No les recomiendo acercarse mucho a esa casa.

Ya estaba. Había captado mi atención y sé que la de Raquel también. ¿Por qué no? ¿Sus dueños se tomaban muy en serio si alguien traspasaba a su terreno? No podía ser porque al parecer no conocían a los dueños. A menos que ellos fueran los dueños. Aunque, por supuesto, por mi mente pasó una mejor opción: en aquella casa había ocurrido algún acontecimiento interesante, o estaba embrujada, o algo por el estilo. Esa casa cada vez nos seducía más.

─¿Por qué no? ─preguntó Raquel.

─¡Deja que se les meta el chamuco! ─le susurró la anciana desde el triciclo. Pero no había casi ningún otro ruido en ese momento, así que la escuchamos perfectamente.

─¡Vieja, no andes diciendo esas cosas! ─la reprendió en voz baja.

Con que está embrujada. No podía verlos, pero juraría que mis ojos brillaron en ese momento.

Cuando era pequeño me daba mucho miedo escuchar historias de terror. Ya me encantaba visitar lugares abandonados pero nunca entraba de noche. Bueno, también influía que mis papás no me dejaban salir a esas horas. Pero conforme fui haciendo de esto mi forma de vida, cada vez visitaba lugares más y más lúgubres. A veces pasaba todo un día en un edificio para poder obtener tomas distintas a medida que cambiaba la luz del sol. La mayoría de los lugares tenían más de una historia sobre avistamientos o sonidos del más allá. A veces los lugareños me contaban las leyendas y sus propias experiencias sobrenaturales. Así que terminé acostumbrándome. Un par de veces pasé noches enteras en un lugar así para ver si podía obtener una buena historia. Llevaba cámaras con visión nocturna y varias grabadoras de audio. No había logrado conseguir mucho, pero con las imagenes y ruidos ambigüos lograba inventar una buena historia para contar en mi sitio web. Raquel también era un poco temerosa, pero entre los dos nos dábamos valor.

─¿Está prohibido entrar? ─insistió Raquel ya que no le habían dado una respuesta directa.

─No es una buena idea, hija ─respondió el anciano─. En la noche se escuchan ruidos, como voces, lamentos, silbidos, y golpes.

─¿Qué no sienten el aire pesado al estar ahí tan cerca? ─interrumpió la anciana, ya un poco más seria─. A mí hasta me tiemblan los huesos al pasar por ahí.

Ahora comprendía porque estaban del otro lado del camino.

Sin embargo, el sol brillaba, los pájaros volaban libremente sobre la casa, las copas de los árboles se mecían provocando un siseo relajante, había flores silvestres en la base de la barda de aquella casa. Era imposible sentir temor ante las palabras del anciano. No en ese momento.

─Solo no se metan ahí, por favor ─dijo el anciano volviendo a ponerse en marcha dificultosamente.

─Como si fueran a hacer caso ─dijo la anciana nuevamente tratando de susurrarle al viejito. Había vuelto a su tono desdeñoso.

02_
Dibujo a acuarela que hice poco antes de empezar a escribir la historia.

Raquel y yo decidimos tomar algunas fotos por fuera. Recorrimos sus alrededores tratando de obtener buenas tomas sin meternos. No era por hacerles caso a los ancianos, más bien fue porque el objetivo del viaje eran las vacaciones y no obtener una nueva historia para publicar.

Notamos que tenía un pozo en el jardín trasero. ¡Un pozo! ¿Acaso era el set de filmación de una película de terror?, ¿por qué nunca habíamos oído hablar de este lugar?, ¿será que solo es una escueta leyenda local y sin mucho sustento?

¡No puedo esperar a entrar!

 

Continuará…

¿Por qué mi mamá prepara caldo cuando hace calor?

A pesar de que es muy sabroso, siempre nos preguntamos esto porque resulta muy irónico que en un día caluroso, justo cuando queremos algo refrescante, nuestra mamá nos dé algo que debe comerse caliente o no sabría bien. ¡Hasta lo remarcan! Nos apuran para que vayamos a comerlo en ese instante.

Pues ahora que he vivido solo no tardé mucho en formular una hipótesis para responder esta pregunta. Realmente es algo muy sencillo. No sé cómo no lo entendí antes, pues yo había cocinado varias veces la comida para mi familia.

Uno prepara caldo cuando hace calor porque lo que uno menos quiere es pasar mucho tiempo en la cocina, donde hace mucho calor, haciendo preparativos que hacen que te muevas de aquí a allá, lo que provoca que sientas aun más calor. El caldo te da la opción de poder cortar todo, echarlo al agua, e irte de ahí.

Ahora, sé que algunos vegetales o carne se tienen que echar a diferentes tiempos porque no tardan lo mismo en cocerse. Y, sea como sea, tienes que estar al pendiente de que no se queme nada. Pero aún así, no es mucho el tiempo que tienes que pasar en la cocina para hacer eso.

Por otro lado, habrá quienes preparen otra cosa además del caldo y sí tengan que quedarse ahí mucho tiempo. Bien, pues… no lo sé. Por eso solo es una hipótesis. La cual sí se cumple en mi caso. Pregúntenle a sus mamás por qué preparan caldo cuando hace calor y coméntenlo aquí abajo. Quizá hagamos una nueva hipótesis.